miércoles, 8 de octubre de 2008

Cambiar para vivir

Cambiar para vivir

Por: Andrés Silva
Psicoterapeuta

La historia personal – como la de la humanidad – no se muestra pareja. Los períodos de paz y de orden siguen con períodos de caos y conflictos. Pero, ¿esto significa que siempre deba ser así, como si de una ley universal se tratase?

Las tormentas de la vida dejan siempre saldos de víctimas numerosas. Náufragos materiales, morales o espirituales que sucumben al embate de los malos tiempos. Otros, pocos pero notables, parecen reponerse y hasta hacerse más fuertes y listos, como si aprovecharan los temporales para hinchar las velas del barco de sus vidas.

¿Qué hace la diferencia? Lo que hace a unos fuertes y a otros les mata es la capacidad del cambio. Es una fuerza interior poderosa, capaz de elevar o hundir a dos personas que atraviesan la misma circunstancia.

Los superiores toman la experiencia trabajándola hasta conseguir habilidades y destrezas nuevas, capaces de colocarles en ventaja respecto al nuevo estado de cosas. En su mente y actitud, las circunstancias que cambiaron servirán para sacar sus talentos a relucir. Pero, ¿significa esto que no se vean moral o anímicamente afectados por los golpes de la vida? No. Incluso muchas veces son acicateados por dolores mucho más intensos. La diferencia está en cómo resuelven su dolor.

No son seres superiores, dotados de algún tipo de poder místico, ni criaturas extraordinarias favorecidas por una suerte caprichosa. Son personas como todas, diferentes tan sólo en esta capacidad de cambio. Una capacidad humana que todos – sin excepción – poseemos.

El registro del dolor

Los tiempos malos no son igualmente dolorosos. Para unos, las heridas que sangran provienen de injusticias terribles. Para otros, abusos físicos o verbales que nunca se repararon. En otros más, sus emociones sangran continuamente. Y hay quienes, en fin, cargan consigo sufrimientos psicológicos, morales y materiales, angustias e incertidumbres difíciles de enumerar por su cantidad y variedad.

Lo común de todas estas heridas son sus huellas. Estas marcas que llevamos con nosotros se traducen en temores y golpes a nuestra autoimagen. Nuestra autoestima herida será el filtro con que comenzaremos a escoger actuar o no - y cómo hacerlo - ante la vida.

Con el tiempo, lo curioso es que aquella circunstancia fue pasajera, la “mala racha” quedó atrás, pero seguimos apegados a su efecto y aferrados a la manera que escogimos de sentir, pensar y actuar.

¿Por que, entonces, construimos el futuro desde ese recuerdo del pasado? ¿Por qué renunciamos a las nuevas oportunidades? ¿Por qué nos empeñamos en recrear diaria y continuamente el recuerdo doloroso y nuestra impotencia se prolonga mucho más allá de lo concebible? Ya lo anticipamos: falla el poder del cambio.

El mito de Sísifo

Como en el mito griego, quienes se resisten al cambio levantan cada día, desde la mañana hasta la noche, una pesada roca que nunca llega a concluir su camino. Al despertar la roca les aplasta y consumen el día ocupándose de la roca, obsesionados con ella, sin pensar en todos los caminos y ayudas posibles para liberarse de la carga.

El trauma que sufrimos nos ha “capturado” internamente, impidiéndonos reaccionar, muchas veces por nuestra propia culpa. Hicimos de la mala experiencia la vara que mide nuestras nuevas vivencias. Nos medimos con la medida del dolor y el resentimiento. Nos miramos al espejo deformado por los daños que sufrimos. Estas cadenas son las que nos impiden ser libres y tomar las riendas de nuestra vida, aquí y ahora, de cara al futuro.

Hemos llegado a convencernos respecto a nosotros mismos, a los demás y a la “vida”. Desde esas creencias asumimos lo que es posible y lo que no será e incluso fantaseamos con una “suerte” que nos tocó vivir que nos hace menos afortunados que a los demás. Desde nuestra ventana, todos los pastos son más verdes. Así comenzamos el lento proceso de autodefinirnos en la vida y esperar los cambios que nos traiga. Y reiniciamos – como Sísifo – la diaria rutina de repetir las malas experiencias una y otra vez, de envenenarnos día a día con los malos pensamientos y temores.

Liberarnos de la opresión

Estamos encadenados al pasado y nos condicionamos para el presente. Escribimos a ciegas nuestro futuro. ¿Esto debe ser así?

Como el lastre que impide elevar un globo aerostático cuyo destino es alcanzar el cielo, así son los hábitos mentales que nos aferran al fracaso. Está en nuestras manos soltar el lastre, romper las cadenas y sogas que nos atan a nuestros traumas y nos hacen construir nuestra imagen y actitud ante una vida que ya ha cambiado muchas veces desde entonces, o que si nos afecta hoy mismo, podría marcarnos para siempre.

El primer paso para esta liberación que aparenta ser imposible es la humildad. Las circunstancias de la vida no nos toman tan en cuenta como pensamos. Lo que sí influye y es cómo reaccionamos, que actitud tenemos ante la vida. La diferencia entre quienes triunfaron y quienes aun se encuentran en el piso tras los golpes, es la clave.

De alguna forma, quienes se encuentran “capturados” por sus recuerdos y resentimientos, logran “revivir” día tras día – no importa cuan diferentes sean unos de otros – su historia de dolor y discriminación. Sólo cuando rompen la cadena comienzan a ocurrir los verdaderos cambios, esas vivencias que les parecían que “sólo le ocurren a otros”.

Ahora, poco a poco, comenzarán a formarse nuevas creencias y convicciones. Pero habrá una sola y gran diferencia: las nuevas creencias estarán libres de ilusiones, porque tenemos en nuestro registro la experiencia del dolor y la frustración. Esto da las ventajas que superan a los demás, porque sabemos qué evitar y cuánto duele caer en lo mismo. Nos hace más certeros y exitosos, preparados para el futuro.

De alguna forma, el filtro que habíamos escogido para observar e interpretar el mundo, nos hacía ciegos e inoperantes. El nuevo filtro nos hace ver con una precisión infinitamente más efectiva y nos dota de una capacidad de actuar realizando nuestros anhelos.

Mirando un trauma o hecho doloroso hacia atrás, veremos cómo los hechos no cambiaron. Lo único que ocurrió fue no permitirnos cambiar. En eso y solo en eso estuvo la diferencia. Con razón milenaria, el ideograma chino de “crisis” también significa “oportunidad”.

La fortaleza de lo superior

El mismo dolor hizo a unos fuertes y a otros los mantiene desangrándose. Unos aprendieron, otros siguen aferrados a su dolor. Los cambios de la vida, como los de temperatura y clima en la naturaleza, hicieron crecer a los primeros. Les hizo fuertes y cargados de frutos.

Los cambios, negativos y positivos, son una escuela constante para quien desea aprender, y un estímulo formidable para desarrollar nuevos talentos y habilidades. El mismo Edison, al ser consultado por cómo se sentía después de haber fracasado diez mil veces antes de sacar su bombilla eléctrica respondió: “Yo nunca fallé. Tuve, sí, diez mil oportunidades para aprender algo nuevo.”

Romper con el pasado requiere también otro cambio en la actitud: abandonar el pensamiento inmediato y facilista. Desechar lo que complica es la medida para seguir fallando, porque nadie en la vida trabaja para nosotros ni puede impedir que ocurran cosas malas. Abandonar ante el primer problema no es el camino del éxito que lamentamos no alcanzar.

Pasar de contentarse con reaccionar ante la vida y hacer cambios en esas reacciones es el primer paso. El segundo, una vez alcanzada la convicción de desear ser libres y comenzar los cambios, será la proacción, de la que pronto hablaremos con más profundidad.

Ataques de pánico

Ataques de pánico

"De pronto, siento una tremenda ola de miedo por ninguna razón. Mi corazón late desbocado, me duele el pecho, se va haciendo difícil respirar. Creo que voy a morir".

"Tengo tanto miedo. Cada vez que voy a salir, tengo un horrible sentimiento de vacío en el estómago, y tengo el temor de que me venga otro ataque de pánico, o de que otra cosa terrible y desconocida vaya a suceder".

Los ataques de pánico aparecen repentinamente, sin una causa aparente ni dar aviso. Estos episodios pueden ocurrir en cualquier momento, incluso mientras se duerme. Una persona que los experimenta puede creer que está sufriendo un ataque de pánico o que su muerte es inminente.

El miedo y el terror que se experimenta en este estado no está en proporción con la verdadera situación y puede no tener relación con lo que está ocurriendo a su alrededor.

Entre sus síntomas, pueden incluirse:

- Latidos fuertes o acelerados del corazón.
- Dolor del pecho
- Molestia estomacal
- Vértigo, mareos, náuseas
- Dificultades para respirar, sensación de sofoco
- Zumbido o entumecimiento de las manos
- Acaloramientos o escalofríos
- Sensación de adormecimiento o distorsión de la percepción
- Terror: la sensación de que algo inimaginablemente horrible va a ocurrir y que uno es incapaz de evitarlo
- Miedo de perder el control y hacer algo embarazoso
- Miedo de morir

¿Qué son los ataques de pánico?

Los ataques de pánico pueden ser síntomas de un desorden de ansiedad. Estos ataques son un problema creciente en esta época. Muchos adultos han tenido uno de estos ataques alguna vez en
su vida.

Los síntomas son diferentes de otros tipos de ansiedad, porque aquí son repentinos y con frecuencia inesperados, aparecen sin provocación y con frecuencia inhabilitan al que los sufre.

Un ataque suele alcanzar su punto más alto dentro de los diez minutos, pero algunos síntomas pueden llegar a durar mucho más.

Una vez que una persona ha tenido un ataque de esta índole, mientras conduce, compra en un negocio lleno de gente, o sube por el ascensor, por ejemplo, puede desarrollar temores irracionales, llamados fobias, en relación a estas situaciones, y comienza a evitarlas.

Eventualmente, este patrón y el nivel de ansiedad sobre la posibilidad de otro ataque, puede alcanzar el punto en donde el individuo sea incapaz de conducir o incluso de poner un pie fuera de su casa. En este caso, la persona tiene un desorden de pánico. Por eso, los desórdenes de pánico tienen un impacto muy serio en una vida cotidiana del que los sufre, y requiere de un tratamiento efectivo para ayudarle a solucionar el problema.

¿Qué causa de los ataques de pánico?

De acuerdo a una teoría, el "sistema de alarma" normal del cuerpo, el conjunto de mecanismos mentales y físicos que permiten que una persona responda ante una amenaza, tiende a gatillarse innecesariamente, cuando no hay peligro.

Los científicos no saben exactamente por qué ocurre, o por qué algunas personas son más susceptibles a este problema que otras.

Con frecuencia, los primeros ataques pueden aparecer por una enfermedad física, un momento especialmente estresante de la vida, o tal vez por medicaciones que aumentan la actividad de una parte del cerebro involucrada en las reacciones del miedo.

¿Cuáles son los actuales tratamientos?

Gracias a las investigaciones, hay distintos tratamientos disponibles, incluyendo mediaciones efectivas, y formas específicas de psicoterapia.

Cuando se usan en la persona apropiada, con un monitoreo constante, las medicaciones pueden ser bastante efectivas como parte del tratamiento de un desorden de pánico. Sin embargo, como cualquier cosa ingerida conlleva el riesgo de efectos secundarios, es importante trabajar de cerca con el doctor para decidir cuál es el tratamiento que debe administrarse en cada caso particular. Además, la medicación no tiene una influencia totalmente directa sobre la psicología de la persona, que debe aprender a afrontar de una manera diferente sus conflictos, y allí es cuando ingresa la segunda parte del tratamiento.

El componente de psicoterapia es muy importante. De hecho, la combinación de medicación y psicoterapia es mucho más efectiva que el uso de una sola parte. Para calmar la ansiedad, la terapia cognitiva de comportamiento es bastante aceptada como una forma efectiva de psicoterapia. Esta forma de terapia busca ayudar a quienes sufren ataques de pánico identificando y disminuyendo los pensamientos y comportamientos irracionales que refuerzan los síntomas del pánico. Las técnicas de comportamiento que suelen usarse para disminuir la ansiedad incluyen técnicas de relajación y el aumento gradual de la exposición a situaciones que antes acrecentaban la ansiedad del individuo.

Con frecuencia, una combinación de psicoterapia y mediaciones produce buenos resultados. La mejoría es usualmente notada en un período bastante corto, alrededor de dos o tres meses. Un tratamiento apropiado de desorden de pánico puede prevenir de ataques o al menos reducir sustancialmente su severidad y frecuencia, trayendo del 70 al 90% de personas que los sufren.

También hay cosas que las personas con este problema pueden hacer para colaborar con la efectividad del tratamiento. Deben evitarse sustancias como cafeína, alcohol, drogas ilícitas, que pueden empeorar los ataques de pánico. Puede ser muy útil hacer ejercicios aeróbicos, y técnicas de control del estrés tales como ejercicios de la respiración y yoga.

Además, quienes tienen desórdenes de pánico pueden necesitar tratamiento para otros problemas emocionales. La depresión suele estar relacionada con estos desórdenes, al igual que el abuso de alcohol y drogas.

Recientes investigaciones sugieren que los intentos de suicidio son más frecuentes en personas con desórdenes de pánico. Afortunadamente, estos problemas asociados con el pánico pueden superarse efectivamente, así como el desorden de pánico mismo.

Trágicamente, muchas personas con ataques de pánico no buscan o reciben tratamiento.

¿Qué ocurre cuando no se tratan los ataques de pánico?

Los ataques de pánico tienden a durar meses o años. Mientras suelen comenzar en la adultez joven, en algunas personas los síntomas pueden surgir antes o después en su vida.

Si se deja sin tratamiento, puede empeorar hasta el punto en que la vida de la persona se vea seriamente afectada por ataques de pánico y por sus intentos de evitarlos. De hecho, muchas personas han tenido problemas con amigos y familia, o perdido trabajos, intentando controlar sus ataques de pánico.

Puede haber períodos de mejoría espontánea en los ataques, pero no suele desaparecer por completo a menos que la persona reciba los tratamientos diseñados específicamente para ayudar a quienes sufren este desorden.

El poder curativo del perdón

El poder curativo del perdón

Pocas pasiones humanas son tan comprensibles como el odio y el rencor. En efecto, es natural en el hombre el impulso a reparar la injusticia que siente ante un atropello, abuso o arbitrariedad.

La historia de los ofendidos esconde, normalmente, elementos que en estricta razón demandan una venganza que alivie, descargando la rabia y la impotencia. Rara vez se manifiestan casos de odio por situaciones sin una lógica que les dé motivos. Ni son historias de casos imaginarios, inconexos con la realidad. Sea como sea que se interpreten los hechos, el ofendido tiene razón. Al menos, una razón. Y el ofensor, sin duda, un motivo, al menos un motivo, para haber actuado así.

El perdón, ante los ojos del herido, aparece como una debilidad moral si no como una ridícula e injusta exigencia. ¿Cómo perdonar al desgraciado que marcó nuestras vidas por años, destruyendo en nosotros las posibilidades de ser felices?

La ofensa nunca es una sola, porque acarrea consecuencias, quiera o no el ofensor. La víctima queda mutilada, minusválida psicológicamente, para continuar su vida normal. La huella del crimen permanece como una cicatriz sangrante que se abrirá cada vez que algo en su vida le retraiga a los días del golpe. Y así, la vida emocional, laboral, económica, moral o espiritual queda mutilada. El ofensor será responsable, por tanto, no sólo de la ofensa original sino además de todas las consecuencias de su delito. Es una deuda enorme que crece y se acumula con el tiempo.

Proyectada en el tiempo, la ofensa es como una bola de nieve que aumenta con el rodar de los días, hasta devastar una vida y las de quienes le rodean.

Visto así, el perdón se antoja, más que nunca, como un atropello a la justicia, como una muestra de debilidad o de sometimiento ante el criminal.

Sin embargo, madurada la persona y ampliada su perspectiva de la vida, comprende la fortaleza y magnitud de espíritu de quien perdona. La magnanimidad se reserva a las almas grandes, no a las pequeñas y medrosas. La grandeza de alma está para quienes ejercen actos heroicos que contradicen las pasiones naturales de su alma, no a quienes se dejan arrastrar por ellas, haciéndose semejantes a los más elemental y primitivo, a lo inmediato del animal.

El perdón - desde el punto de vista psicológico - es uno de los menos comprendidos recursos curativos. Es también, de lejos, uno de los menos explotados de los remedios humanos. El perdón involucra un acto de la voluntad para superar la parte animal de sí mismo y renunciar al impulso de la venganza.

Por tanto, lejos de ser pasivo y sumiso, es un acto de gran fortaleza, actividad y madurez. Implica una visión superior de la vida y de la naturaleza humana. Y un eficaz corte con las consecuencias que nosotros mismos permitimos que tomase la injuria, abandonándonos a la desesperación y amargura de vida, pues fuimos nosotros quienes renunciamos voluntariamente a vivir lo que creemos que el ofensor no nos permitió con la herida. Fuimos nosotros quienes sumergimos en el dolor y la pobreza emocional a quienes nos rodearon todo el tiempo que transcurrió desde aquel momento. Nosotros, y no el ofensor, quienes nos privamos de vivir plenamente nuestras vidas.

El padre abusador, el jefe cruel, el criminal… todos los géneros de culpables abandonaron algún día el recuerdo del delito y continuaron su vida. ¡Y somos nosotros quienes mantenemos en nuestro interior presente y activo aquel daño!

El perdón es el bisturí invaluable que corta el cordón umbilical que nos une con el dolor y lo alimenta, manteniéndolo vivo.

El perdón no es lo que atenta contra nuestros intereses. Son el rencor, el resentimiento y el odio quienes atentan contra nuestros propios intereses. Perdonar los agravios que sufrimos nos libera del sufrimiento y nos hace otra vez dueños de nuestra vida.

El perdón nos libera del círculo vicioso de las mutuas rencillas, rencores y represalias. Cuántas veces más frecuentes son aquellas ofensas que recibimos de quienes nos rodean, sean nuestros parientes, cónyuges, amigos, colegas… Todos quienes cobrarán la primera oportunidad de desquitarse con nosotros por nuestra venganza, que procuraremos desquitar apenas se nos de el momento. De un pase mágico, nos convertimos en lo que más odiamos.

Perdonar es lo que nos libera de este vicio infernal, trayendo a todos – a ofensores y ofendidos – la paz y la conquista de una vida mejor y más plena. Perdonar no justifica ni libera al ofensor de culpa y cargo. Perdonar es liberarnos de los sentimientos y emociones negativas.

Por eso el perdón es superior y más beneficioso que la venganza, sobretodo en aquellos casos en que es más difícil perdonar porque se involucra nuestro orgullo y sentimientos más queridos.

La infidelidad conyugal, por ejemplo, con su carga de traición, burla al respeto y el amor herido, es probablemente uno de los actos más heroicos al perdonar. El impulso natural es a proteger nuestro orgullo ofendido, a buscar ciegamente una forma de castigo, ya sea el divorcio, el maltrato o el pago con la misma moneda, cuando no el crimen cruento y abierto.

El perdón, conciente y maduro, no ignora las causas que movieron a uno y a otro, sino que por sobre todos los motivos, pone el fin superior de la felicidad y bienestar. Las disfunciones emocionales - como las de la intimidad conyugal - provienen de esa carga creciente de ira no desatada, de la incapacidad de soltar la memoria que nos hiere, de esa debilidad de carácter que imposibilita la renuncia a la venganza, por mucha conciencia que se tenga de las consecuencias para todos. “No puedo perdonar. Por más que lo intento, no logro perdonar”, dirá el ofendido. Pero en verdad, no intentó perdonar poniendo todo de su parte. El perdón es un acto íntimo, independiente del otro. Por eso mismo puede darse con independencia del cambio del otro, sin impedir tomar las legítimas medidas frente a una acción indebida, siempre que sean medidas justas y no venganzas justificadas. Hablar con el ofensor, buscar medios para impedir la reincidencia, la búsqueda de caminos para mejorar la relación, son medidas maduras, que si se enfocan con más fuerza de la que aparentemente se necesitaría, de seguro inaugurará una vida superior a la que llevaban hasta el momento.

Pero… ¿cómo acabar con el resentimiento? Primero, haciendo con seriedad un auto examen psicológico, una revisión madura de nuestra conciencia. Es estúpido pretender que el perdón sea inmediato, apareciendo de la nada. Por mucho que pueda curarlo todo, no es un remedio gratuito.

Es necesario, para perdonar, indagar en lo que ocurrió y en sus causas. Es casi imposible esperar un perdón automático. Para perdonar el ofendido requiere haber descargado de alguna forma su ira, reconocer lo que tuviese de culpa en el hecho y sus secuelas… y considerar las consecuencias de su rencor.

Médicamente el rencor, la incapacidad de perdonar, también tiene efectos dañinos. Quien no puede perdonar manifiesta en el tiempo un apagarse la vida en él, consumiéndose en su rabia, perdiendo el sueño, trastornando la digestión hasta, por ejemplo, ulcerarse o incluso volverse delicados hasta la hipertensión. Muchos de los síntomas cardiacos y digestivos, las disfunciones del descaso y la pérdida del deseo conyugal, la hosquedad en el trato con los demás e incluso la pérdida del empleo o relaciones sentimentales provienen de la ira acumulada en quien no es capaz de perdonar.

Quien tiene la fuerza de perdonar experimenta un cambio radical. Desciende sobre sí una sensación efectiva de descanso interior, de entusiasmo por la vida, una energía espiritual renovada… un “renacimiento” en palabras de quienes perdonaron, liberándose del rencor.

No perdona quien no siente amor. Sin amor, el alma se seca, se resquebraja hasta límites vergonzosos de nerviosismo y debilidad emocional. Con amor podemos perdonar, y se manifiesta en aquel perdón hermoso que procuramos por el bien de los ofensores. En ese momento, aquel instante mágico del perdón derrama sus beneficiosos efectos. Las amistades, los matrimonios, las carreras profesionales, vienen a ser como soñamos amargamente haber sido imposibles. Y en el fuero más íntimo de nosotros, el perdón nos regala con la liberación de nuestra depresión, el rompimiento con vicios y dependencias, la recuperación del entusiasmo y creatividad, en fin, con el anhelado control de nuestras vidas para hacer con ellas lo mejor de nuestros sueños.

El perdón, en definitiva, logra el mayor milagro en la vida del ofendido: dar sentido y liberarlo de las pesadas cadenas que destruyeron su vida por tanto tiempo.

Cómo desarrollar la voluntad

Cómo desarrollar la voluntad

Si observamos con atención, muchas de nuestras grandes derrotas en la vida se originan en la falta de voluntad. No se trata tanto de falta de deseos, o de medios, sino de no tener la fuerza de voluntad necesaria para hacer prevalecer nuestra meta ante los obstáculos y esfuerzos que nos separan de alcanzarla.

Pero la voluntad ha desaparecido de los modernos textos de psicología. Ya no se enseña, no se predica. Y se necesita más que nunca.

A confesión de todos cuantos descubrieron este concepto, quien domina el arte de la voluntad, cuenta con un poder magnífico, que abrirá las puertas a sus sueños y los hará realidad en cuanto sea posible… e incluso conquistará imposibles. Se dice que éste – el de la voluntad – fue el secreto más poderoso de los jesuitas, que les permitió la conquista del mundo e influenciar a naciones enteras para desarrollar su potencial.

El peso de la voluntad

Como personas, nuestra expresión natural es la voluntad. Podemos enfrentar, crear y recrear el mundo gracias a la voluntad. Pero esa facultad, para que se potencie y nos otorgue la plena individualidad, hay que ejercitarla, educarla, hacerla crecer.

¿Qué pasos seguir? Un orden sencillo y realizable no puede olvidar estos cinco puntos elementales: tener un propósito (enfoque), intención, motivación, evaluación y deliberación.

Con esto tenemos lo que podríamos definir como la “maquinaria” de la voluntad. Y de nada sirve una máquina sin un objetivo, sin una labor que cumplir.

Tal objetivo será nuestra meta, el final del camino que tenemos que recorrer. Una meta deseada, querida, de la cual estamos firmemente convencidos.

Lo segundo requiere un poco de introspección, de observarnos por dentro, con objetividad. Se trata de averiguar los “por qué” de nuestros desvíos de la meta. Conocer las causas de esos “autosabotajes” que frustran nuestros intentos, impidiendo alcanzar nuestro objetivo.

Para servirnos de guía, podemos hacer una pequeña lista de aquellas barreras, esas “otras motivaciones” que entraron en conflicto con nuestra meta, mirar con seriedad todas aquellas veces en que fuimos irresponsables, dispersos, inmaduros y apuntar qué fue exactamente lo que ocurrió y qué consecuencia tuvo, por qué no se pudo, etc.

¡Cuántas otras veces fueron nuestros distintos “yo” los que entraron en conflicto! Somos unos en el trabajo, otros en sociedad, otros en la intimidad del hogar, otros en nuestra vida religiosa, otros como padres, otros como hijos, etc… Apunte todo, todo lo que interfiere, lo que apoya y complementa, lo que dicta algún otro punto de vista en su interior. Llegaremos, así, a un momento de alineación de estos roles, de estas sub-personalidades, que potenciarán incalculablemente nuestra máquina de la voluntad.

¿Cómo lograremos ese motivo sin estar íntimamente movidos a alcanzarlo? La motivación es nuestra respuesta. Muchos han exagerado la importancia de este punto pero, sin embargo, nadie puede despreciarla o negar el papel fundamental que tiene en aplicar el resorte interior que nos impulsa. Motivos podemos tener muchos. Algunos motivos son meramente físicos, otros emocionales, otros intelectuales. Podemos estar motivados por una causa ética, religión, intereses sociales, artísticos, sentimentales, familiares, laborales, simbólicos o tantos otros igualmente poderosos.

Dicho esto, sopesamos el movimiento en una balanza interna: la mejor balanza del mundo, porque nos afecta en lo más íntimo.

Pensemos, pausada y serenamente: esto que deseo, que quiero tanto, que imagino en sus detalles para alcanzarlo, ¿por qué lo hago? ¿para qué? ¿qué enfrentaré? ¿por dónde me moveré? Aquí ingresan nuestros valores personales, el peso que tienen los campos de nuestra vida y todo lo que implica nuestro mundo interior y exterior ordenado valóricamente.

Trataremos, entonces, de tomar conciencia de nuestra posición y nuestra actitud ante todo el abanico de consideraciones que desplegamos ante nuestros ojos.

Finalmente, nuestros preparativos llegan al puerto de salida. Aquí, movidos y claros respecto a lo que queremos y sus consecuencias, sopesaremos todas las condiciones formales del problema, es decir, el “cómo lograrlo”, y las respuestas a todos los problemas que prevemos que se puedan presentar.

Hemos concluido nuestro viaje por el interior de la maquinaria de la voluntad.

Ahora, ¡manos a la obra!

Ahora, el primer enemigo que encontraremos será la dispersión. No podemos conquistar todo de un solo golpe, con un mínimo esfuerzo ni a un mismo tiempo. Tendremos, entonces, que jerarquizar, priorizar y descartar. Aprender a renunciar a todo en lo inmediato es el primer paso para hacer efectivo nuestro entrenamiento de la voluntad. Se trata de aprender a decidir nuestras preferencias inmediatas.

Mientras más aprendemos la experiencia de la voluntad, mejores y más expertos nos volveremos en el arte de decidir. Nos convertiremos en más potentes y efectivos. Los ensayos y errores nos irán fortaleciendo y madurando en la responsabilidad. Hemos decidido libremente, somos responsables de nuestros actos.

En esta ocasión sólo hemos abierto este tema a su consideración. En otros artículos iremos respondiendo sus consultas y ampliando el apasionante mundo del poder de la voluntad, para desarrollarla y servirse de ella como instrumento de logros, mejoría y superación.

El círculo de la depresión

El círculo de la depresión

¿Ha pasado usted por un mal momento? Todos, como usted y yo, hemos vivido experiencias dolorosas. Pésimas, incluso. Y es que el dolor, las frustraciones, la injusticia o la muerte alcanzan a cualquiera, sin distinciones ni barreras que les protejan. Pero eso no sirve de consuelo al que sufre.

Junto al que vive una mala experiencia, siempre encontraremos a uno que tiene más problemas y otro que tiene menos. Pero no todos se deprimen. Algunos se deprimen con más desastres en sus vidas y otros con aparentemente muchos menos. Pero el juicio de cuánto pesa en cada uno el mismo dolor es personal, íntimo. Unos pasan como si nada por una triste relación sentimental. Y se sobreponen y salen adelante. Otros, ante la misma situación, caen en depresiones más o menos profundas, más o menos prolongadas. Y así con la ruina financiera, una enfermedad, la muerte, un trabajo ingrato o incluso por el abandono de los seres queridos.

Pero no todos los que sufren están deprimidos. La depresión ingresa no por el sufrimiento sino por la actitud y hábitos en torno al dolor.

Buscar las claves, cambiar el espejo

Entonces, ¿qué actitudes nos ayudarán a identificar si estamos cruzando el umbral hacia el campo destructivo de la depresión? ¿Cuándo resulta conveniente pedir ayuda, apoyo o guía para salir adelante?

Lo primero es cambiar el “espejo de casa”. A fuerza de gustos, rutinas y rechazos, nuestros espejos internos se vuelven borrosos, deformes, y exagerados respecto a quienes realmente somos y donde en verdad estamos parados. Al modo de los espejos de las casas de parques de diversiones, nosotros y nuestro mundo se deforman y aparecen excesivamente altos, pequeños, anchos o tenebrosos.

Cambiar el espejo es cambiar nuestras miradas aportando las de otros, más objetivos y preparados no tanto para lanzar juicios y opiniones sobre nosotros, sino más bien para cooperar en nuestro proceso de comprensión de nuestra realidad. Las claves están dentro de nosotros pero la luz del sol que nos ayuda viene de afuera. Salir de lo que asumimos día a día nos ayudará a enfocar más objetivamente.

Si una pregunta bien hecha nos entrega la mitad de la respuesta, éste es el momento de preguntas para aclararnos y tomar las herramientas adecuadas. Aprender a valorarnos mejor y trazar un mapa interno con nuestros peligros y tesoros será el paso que daremos.

El diálogo interno: sin introspección no hay cambio

Acostumbrados a una perspectiva superficial, las respuestas preformuladas pueden ayudar a seguir adelante sin aparentes preocupaciones. Sin embargo, pretender echar un manto de polvo sobre los problemas ayuda a no verlos, pero no los elimina.

Es fundamental el proceso de introspección, de desarrollar una auténtica vida interior y crear un diálogo interno que nos hable de nuestros deseos, miedos, fuerzas y esperanzas. No es tan difícil de lograr como parece.

Ejemplos del diálogo

Recreemos un poco este concepto. Una de las trampas mentales más porfiadas es la de dejar que el tiempo remedie los problemas. Internamente nos examinamos y descubrimos la mar de cosas que están a la espera de que el tiempo solucione nuestros problemas.

Tales decisiones que nunca tomamos, aquellos problemas que nunca remediamos, están sentados a la vera del tren de la vida, acumulándose y destruyéndonos poco a poco. Podemos ciegamente esperar a que un pase mágico nos evite el trabajo de enfrentar nuestra vida, pero sin tomar el toro por las astas y acometer contra los problemas, tomando una actitud decidida y constructiva, nunca se aliviarán. La ley del universo es la entropía, tender a la destrucción y al caos. Nada mejora por sí mismo, abandonado a sus propias fuerzas.

Sostener relaciones sentimentales destructivas, empleos corrosivos, problemas irresolutos y toda la variante de “pendientes” que carcomen nuestra vida, son la expresión personal de esta trampa mental. Verla y enfrentarla es el paso que debemos dar a continuación.

Para ello, observaremos el problema y responderemos con franqueza: “No, no es verdad que mañana podré hacer lo que hoy pudiendo hacer algo no resuelvo hacerlo. Mañana será más complicado y sólo busco una excusa para mi cobardía. No deseo pasar otro día más dañándome, entre tensiones y angustias. Ya lo hice ayer así y probablemente seguiré adelante mintiéndome y autodestruyéndome pudiendo tomar medidas y resolver ahora, dejando de sufrir”. No importa como retorzamos la realidad: el espejo muestra la verdad y no hay fuerza ni truco que la cambie.

Es verdad que muchas cosas seguirán mal, pero la actitud fundamental ha cambiado. Los problemas complejos y aparentemente irresolubles pueden ser mirados desde otro prisma. Es verdad que tenemos necesidades materiales, pero destruirnos la salud o romper nuestro corazón ataca aspectos más valiosos que lo que prendemos conservar o lograr.

Quizás delegamos la toma de decisiones por temor a responsabilizarnos de nuestros actos. Quizás arrastramos con nosotros malos hábitos y hasta adicciones que no queremos reconocer o enfrentar. Y preferimos el daño a las turbulencias dolorosas – pero pasajeras – del cambio.

Aprender a valorar

La introspección nos ayuda a querernos mejor a nosotros mismos. Y en la medida que nos cuidamos, mejoramos nuestra calidad de vida y la de los demás. Mientras menos cuidamos de nosotros, más tiempo viviremos en la sombra del dolor y de la angustia. Más tiempo pasaremos sufriendo.

Finalmente, desechemos todas esas suposiciones que nos atormentan. Lo que opinan los demás, los sentimientos de los otros, los supuestos en el futuro… ¿cuántas veces no terminan cumpliéndose simple y sencillamente porque nosotros mismos generamos esa reacción?

Seamos honestos: perdemos más tiempo y energía sufriendo y evitando lo que ocurre en nuestra imaginación que poniendo el esfuerzo en vivir con plenitud nuestras vidas. ¿Quién no se sorprendió intentando aclarar un punto que nos atormentó por mucho tiempo y que el otro ya había olvidado o que ni siquiera notó?

Es posible que por un capricho del azar entre quienes le rodean “todos sean malos”. Pero es poco probable. Vivir con desconfianza, colgando nuestras vidas del la opinión de los demás, es entregar en sus manos nuestra libertad y felicidad. Somos marionetas, no seres libres.

Entre temer y vivir temiendo hay un abismo incalculable. Todos tenemos temores. Temor a lo desconocido, temores justificados, temores injustificados y hasta temores ridículos. Pero el temor nunca es obstáculo para el que realmente desea la felicidad. Por el contrario, los éxitos se construyen sobre las soluciones que encontramos para enfrentar y superar esos temores. Tales remedios constituyeron, en todos los casos, el cimiento firme por el que los temerosos caminaron con pie firme a su bienestar.

Actores tímidos, militares cobardes, artistas inseguros, amantes en desventaja, políticos con temor al público… A veces por ignorancia desconocemos los calvarios que pasaron nuestros héroes favoritos y que hoy admiramos precisamente por aquellos que en su momento les hicieron sufrir tanto y que hoy son su fama y sus triunfos.

Ninguno de ellos esperó en la puerta de su casa a que el éxito les trajera sus sueños hechos realidad. Ellos fueron en busca de sus sueños. No tragaron ilusiones porque no esperaron a que las cosas se arreglasen por sí solas. Su actitud fue cooperadora con la vida.

Los únicos que recibieron lo que esperaban, sin hacer nada, fueron los que esperaron calamidades. Aquel que temía expresar su amor verá como el ser amado se va con otro, como el que teme la pobreza la sufrirá si espera que las riquezas vengan solas o como quienes temen enfermedades continuamente, que con probabilidad algo sufrirán, siquiera una crisis de nerviosa por autosugestión.

Ver con claridad y ponerse a trabajar

Nadie niega que sus problemas sean reales o incluso monumentales, insalvables. Lo que sí debemos decirnos intensamente es que si no queremos deprimirnos, debemos procurar superar nuestra actitud, por mucho que no cambiemos el problema. Nadie pide que se niegue el problema, sólo se recomienda la autocrítica a lo que hacemos por salir adelante.

Los grandes pesimistas no atrapan más que problemas. Son expertos en encontrar el pelo en la leche, el negro en el blanco. No por eso son más inteligentes. De hecho, suelen ser menos listos, más tontos si se quiere, porque en lugar de utilizar sus talentos para prevenir riesgos, se quedan encandilados en los puntos negros, adorándose a sí mismos por su acierto al descubrirlos y trabando todo avance.

Los grandes optimistas no niegan los problemas. Aún podríamos decir que superan a muchos en la visión de las complicaciones posibles. La diferencia entre ellos y los pesimistas es que no se concentran en lo negativo, perdiendo sus fuerzas en la frustración. Los espíritus positivos reúnen sus fuerzas en superar los obstáculos – no en negarlos - y alcanzar lo que desean. Ser objetivos es precisamente ver sin aumentos ni disminuciones. Ver tal cual las cosas se nos presentan, sin adjetivos.

Con este diálogo interno y fuerza de voluntad, lograremos operar los cambios y pedir la ayuda que sea necesaria.

Reflexiones sobre la Psicología humana

· Parece que cada dia hay más personas que se sienten incapaces de comprender su propia naturaleza, de encontrar esa llave que les abrirá las puertas a la felicidad; y, ante esa puerta infranqueable surge una frustración enfermiza que conocemos con el nombre de depresión.

· Las experiencias de la infancia son fundamentales, sobretodo los primeros 10 o 12 años de vida, cuando el cerebro todavía se está desarrollando. Muchas de las enfermedades que sufren los adultos tienen su origen es esa época. Otros factores que pueden destacarse son el consumo de las drogas, el abuso del alcohol o el estrés, entre otros.

· Las vivencias traumáticas no afectan a todas las personas por igual. Afectan más a quienes sufren cierta predisposición al llamado síndrome postraumático. Por ejemplo, a la mayoría de mujeres violadas les cuesta mucho superar esa experiencia. Sin embargo hay otras mujeres que superan muy bien sus traumas.

· Esta demostrado que los niños que vienen al mundo sin ser deseados por sus padres muestran una mayor predisposición a la depresión, al suicidio y a los problemas de conducta –criminalidad, delincuencia, alcoholismo y drogas- que los niños deseados por sus padres.

· La empatía, la tolerancia, la autoestima y la capacidad para expresar nuestros pensamientos, mostrar nuestros sentimientos y recibir cariños y reconocimiento por parte de los demás, parecen ser los ingredientes necesarios para ser personas mentalmente saludables.

· El egocentrismo, el egoísmo, la envidia, la agresividad y la incapacidad para amar suelen ser los defectos que más nos acercan al sufrimiento y que más demuestran la debilidad de nuestras mentes.

Psicología Humanista

Psicología Humanista

A partir de Freud, hubo numerosos psicólogos que no quedaron satisfechos con la idea de que los seres humanos se motivaran básicamente por sus impulsos negativos y destructivos., como podría deducirse del enfoque froidiano .

El primer psicologo que cuestiono las ideas de Freud fue su discipulo C. G. Jung, pues este no compartia las ideas tan materialistas de Freud y penso que las tradiciones, la religion y muchas de las costumbres ancestrales de los diversos pueblos podian tener un fuerte componente psiquico que no debia desdeñarse en las tecnicas de terapia mental. A la psicologia de C. G. Jung se le denomina Psicologia Analitica y puede considerarse como un precursor de lo que despues se denomino Psicologia Humanista.

Al contrario del punto de vista de Freud, el enfoque humanista considera al ser humano como básicamente bueno, que ansía libertad y un entorno social positivo. Los psicólogos humanistas insisten en que cada persona es única e inclasificable; rechazan que puedan generalizarse experimentos de estímulo-respuesta, como se hace con los animales, pués cada persona es el resultado de un gran número de pensamientos, deseos y de sentimientos que le hacen irrepetible.

Este movimiento del pensamiento psicológico, se formó en los años 50, y sus pioneros fuerón los psicólogos Abraham Maslow, Carl Roger y Rollo May. Estos pusieron un gran interés en mostrar que los indivíduos luchan por alcanzar su potencialidad, pero esto no puede hacerse hasta que han quedado satisfechas sus primeras necesidades.
Abraham Maslow sugiere una imagen como la de una escalera, en la cual en los primeros peldaños estan las necesidades básicas, comida, vivienda, educación, etc. en los escalones superiores hay otras necesidades como la autorealización.
Carl Roger, sugiere que las personas no alcanzan su auténtico potencial sinó son capaces de aceptarse a si mismos; por esto cuando una sociedad es demasiado rígida, a los individuos les resulta mas dificil acomodar sus impulsos a las normas sociales y por ello les resulta mas dificil alcanzar su potencial o desarrollar su creatividad o su autoestima. Para estos psicólogos, los conceptos de autoestima y de creatividad, resultan muy importantes para que los individuos tengan un desarrollo sano de su personalidad y de su sexualidad.

Algunos psicologos humanistas han evolucionado actualmente hacia lo que se ha venido en llamar psicologia transpersonal. Estos se caracterizan por integrar dentro de sus objetivos el campo interno de lo espiritual. Conceptos como santidad, divinidad, etc. quedan, para estos psicologos, dentro de lo que es psiquicamente tratable.

El autor mas destacado de la psicologia transpersonal es Stanislav Grof. Este psiquiatra realizo numerosas investigaciones en este campo, experimentando con alucinogenos como el LSD: "El LSD parecia ser un poderoso catalizador de los procesos mentales que activan los materiales inconscientes de los niveles profundos de la personalidad. Buena parte de los fenomenos que ocurren en estas sesiones podrian ser explicados en terminos psicologicos y psicodinamicos ya que tienen una estructura muy similar a la de los sueños.." (Grof, 1979, pag 19). Como resultado de sus investigaciones, Grof hablaba de la "plena apreciacion del potencial terapeutico de la dimension religiosa y mistica de la experiencia con LSD." (Grof, 1979, pag 22)
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